OPINIÓN
Ante diversas opiniones y las constantes negativas por parte de la iglesia al aborto en caso de violación, en esta columna Villarán muestra casos que se han dado y son claros para decir si o no a ese polémico tema.
Por : Susana Villarán
Rosario tenía 14 años cuando supo que iba a ser madre. Había sido violada por su padrastro repetidas veces mientras su madre salía a trabajar. Nunca pudo hablar con ella de lo que le sucedía, de cómo la forzaba, de cuánto le dolía y de la vergüenza que sentía. Se escondía para llorar; vivía presa del temor y en soledad. El día que no le vino la regla sintió una rabia muy grande. Una amiga le habló de una vecina que “ayudaba en esas cosas”. Se fue ahí muerta de miedo y tuvo suerte, la hemorragia no fue tan fuerte.
No todas sobreviven como Rosario. El aborto clandestino es la segunda causa de muerte de mujeres en el Perú y, aunque no sabemos a ciencia cierta cuántos abortos por violación se producen, sí sabemos que alrededor de 1,000 mujeres se esconden cada día para interrumpir sus embarazos recurriendo a los métodos más primitivos y riesgosos.
Conocí a Rosa María hace ocho años. Tenía solo 13 y su maestra había llamado a una radio local para avisar que acababa de dar a luz una niñita producto de la violación del conviviente de su madre. La profesora la había ayudado a denunciar al violador y su madre la había echado de la casa al quedarse sin el amparo del proveedor, culpándola de su desgracia.
¿Quién puede tirar la primera piedra y mantener una ley que condena a Rosario y a quienes como ella optan por no tener un hijo que no desearon, fruto de la más brutal violencia? ¿Es que Rosa María no tenía derecho a elegir si quería dar a luz o no?
¿Con qué derecho el Estado se negó a practicarle un aborto terapéutico a Karen Llantoy sabiendo que el feto que llevaba en sus entrañas carecía de cerebro y cráneo? ¿Cómo fueron capaces de condenarla al vía crucis de llevar su embarazo a término, de llegar a mirar a un hijo que moriría muy poco tiempo después de nacido?
En el debate de estos días sobre la modificación del Código Penal para despenalizar el aborto por violación y también cuando el feto muestre daños irreversibles, entran clérigos, abogados y médicos, todos dueños de la verdad y de la “vida”. Pero nadie las menciona, no se atreven a mirarlas cara a cara. Hace falta haber tomado de la mano a una mujer acompañándola durante el terrible trance de abortar para sentir el dolor que ello significa y ser consciente de la carga que se llevará a cuestas toda la vida.
Dejémonos de discursos y sermones. Con el aborto nadie gana, eso lo sabemos. Lo que deben hacer quienes legislan es dejar a la conciencia moral de la mujer que elige continuar o no con un embarazo, asumir la responsabilidad por su decisión. De eso se trata.

No hay comentarios:
Publicar un comentario